
Desde que existe el empleo de estudiante, la frase más manida es “El profesor me tiene manía”. Suele ser una excusa que el educando esgrime normalmente cuando sus progenitores están empezando a cambiar de color a la vista del boletín de calificaciones trimestrales y la cosecha de calabazas. Pero hay una frase, o mejor dicho, una sensación mucho más real y dramática en la vida de un estudiante que es cuando llega a la conclusión de que el profesor que le va a examinar no tiene prácticamente ni idea de la materia, es más, que el alumno tiene los conceptos infinitamente más claros que el docente.
Hace ya muchos años, en serio, muuuchos años … ¡caramba, no tantos! qué mal pensado es usted … en fin, mucho tiempo, cursaba yo último año de carrera y tenía que examinarme de la única materia que me quedaba para terminar. Por si las curiosidades: Cálculo, construcción y diseño de líneas eléctricas de distribución. El profesor que impartía la materia (en lo de impartir, tome el lector la acepción puramente técnica de la palabra), era un señor con la edad de jubilación ampliamente rebasada y que, como libros de consulta para sus materias, empleaba textos traducidos de originales alemanes de la época de los nazis (en serio). Todo aquel que haya ido a la universidad sabrá que, particularmente en época de exámenes, la asistencia a las clases es de lo más selectiva, es decir, uno se salta ciertas clases que entiende de menor importancia en aras de ganar tiempo para estudiar las materias que se le vienen encima por momentos. Y eso es lo que hice yo … con las clases de este buen señor. Pero él acusó recibo de mis faltas de asistencia y ahora le cuento lo que pasó en día del famoso examen.
Cinco problemas. Tres de ellos los sabía resolver, dos no. El aprobado estaba al alcance de la mano, si no fuera porque en uno de los tres que sabía resolver faltaba un dato. Imagínese el lector la escena en el aula. Miradas furtivas unos a otros, caras de “esto no va bien”, etc. Resueltos los dos problemas que sabía hacer y se podían resolver, me levanté y me acerqué a la mesa del profesor quien al verme, ya estaba meneando la cabeza …
Perdone – le dije – en el tercer problema, falta un dato para poder resolverlo.
Claro, – contestó con su movimiento de cabeza – no viene usted a clase y no sabe hacerlo.
Perdone que insista, pero creo que falta el dato de …
No insista, – me cortó – el problema está bien y usted, si hubiera venido a clase, sabría resolverlo.
Con un sentimiento entre frustrado y asesino, me volví a sentar, intentando encontrar en el enunciado el dato, que yo sabía que no estaba.
Nuevamente miradas furtivas, caras ya de franca desesperación …
Unos cinco minutos más tarde, decidí librar un segundo asalto a ver qué tal. La conversación fue más o menos como el diálogo precedente, vacua.
El tiempo pasaba y, por lo que se veía, los demás compañeros debían estar en la misma situación que yo, porque la gente tenía caras de gran preocupación.
En ese momento, recurrí a todas mis neuronas vivas y me dije que si el tipo era un ladrillo, yo había equivocado la estrategia, intentando razonar con él (hay cosas en la vida, en que tiene que haber predisposición de ambas partes para que sucedan). Me volví a levantar, dispuesto a librar mi última batalla con el menda.
Perdone, de nuevo – le dije.
Vaaamos a ver ¿queeeé pasa? – me contestó desde detrás de sus gafas.
El problema que le he comentado, es sobre la materia del libro tal, capítulos once y doce (prescinda el lector del detalle de los datos en esta parte) …
Efectivamente – me contestó con media sonrisa – al menos el libro lo ha mirado usted.
El problema es averiguar cómo se calculan los apoyos de línea ... – dije sin inmutarme.
Así es – contestó.
Para resolverlo hay que hacer ésta y esta operaciones ¿no es así? – pregunté.
Así es, así es – contestó sin perder la sonrisita.
Para hacerlas, se necesita saber en qué zona climática se ubica la línea ¿cierto?
Muy cierto.
¡PUES EN EL ENUNCIADO NO LO PONE! – sentencié.
Congelación de sonrisita.
Estooo … atiendan, por favor. Añadan ustedes los siguientes datos al problema tres …
Con Dios.