Vengo estos últimos días hablando con algunos compañeros de trabajo sobre “el amor al arte”. Como es lógico, cada cual aporta su opinión y las hay para todos los gustos, pero hay algo en lo que estamos todos de acuerdo: cada vez se hacen menos cosas “por amor al arte”.Primero, vamos a ver si ha sido esa la causa o no – dije yo.
Fuimos al cuarto de contadores, comprobé el fusible y certifiqué su defunción.
Tendré que llamar a la compañía – me dijo con tono desvalido.
No se preocupe – le contesté – aquí al lado hay un almacén de suministros industriales que igual aún está abierto. Me acompaña, compramos otro fusible y yo se lo coloco, porque si llama a la compañía, amén de que van a tardar bastante, le cobrarán 60 € por la historia.
Es que tengo a los niños a medio cenar. Mejor le acompaña mi marido – me dijo.
Llamó a su marido y nos fuimos al almacén, que, por suerte, estaba abierto aún. Yo comenté al vecino que mejor pagaba yo porque en ese almacén no venden sino a profesionales y a mi me conocían.
Es que yo no tengo más que un billete grande – me dijo.
No se preocupe que yo llevo. Ya me lo dará otro día – le contesté.
Así fue como por poco más de euro y medio veinte minutos más tarde, mis vecinos tenían su instalación eléctrica a pleno rendimiento.
Desde entonces, no he vuelto a saber nada de ellos, ni del euro y medio, por supuesto. Tampoco me va a sacar de pobre un euro y medio, de modo que la anécdota cayó en el olvido.
La cosa es que hace unos días, me crucé con el vecino y a mi “hola” el buen señor miró para otro lado, con muy poco disimulo, y ni me contestó.
Ahora, querido lector, si es usted de la opinión de que el que suscribe es giliflautas de solemnidad, deje un comentario en ese sentido. No se lo tomaré en cuenta, ya que seremos al menos dos de esa opinión.
Con Dios.



