Esta anécdota ya la conté en un blog amigo, “El Mundo de Angie”, pero se me antoja muy ilustrativa para el lector que quiera saber de qué manera, súbitamente y sin premeditarlo, puede uno encontrarse interpretando la mayor de las situaciones ridículas:
No me gusta esperar, ni que me esperen. Considero la puntualidad una virtud e intento por tanto ser lo más virtuoso posible, al menos en este tema. Así pues, iba yo a toda prisa al encuentro de unos amigos con quienes había quedado, apretando el paso, transitando por uno de esos paseos con centro embaldosado que tan bonito queda en la postales, pero que tan traidor resulta cuando ha llovido o lo han regado.
El bulevar estaba muy transitado, por lo cual tenía que sortear continuamente a la gente que paseaba en uno u otro sentido. Reconozco que, por aquel entonces, yo era algo más estrecho de cintura, lo cual facilitaba enormemente la maniobra.
La cuestión es que no recuerdo si había llovido o habían regado el paseo, pero en ciertas zonas del desigual firme se acumulaban charcos de agua. En uno de los regates a un transeúnte (un señor más bien mayor y más bajito que yo), mi pie izquierdo fue a parar a uno de esos charcos y resbalé de forma que me escoraba hacia la izquierda en inequívoca trayectoria hacia el suelo. Pero no llegué a morder el piso. Me frenó un imponente cabezazo que, en mi caída, le propiné al señor bajito, que en ese momento debió pensar en el fin del mundo o algo peor.
El buen señor no salía de su asombro y la muchedumbre que pasaba por allí tampoco ante la insólita imagen de un tipo dándole, sin más, un soberbio testarazo a un pobre jubilado. Yo no encontré ningún agujero en la tierra para que se me tragase en ese momento. Pedí al señor mil disculpas (de las cuales no estoy seguro de que acusara recibo pues aún tenía cara de desorientado) y me fui de allí todavía más deprisa, pero eso sí, mirando al suelo por precaución y por no tener que mirar a la cara de los sorprendidos paseantes.
Con Dios


