miércoles, 22 de agosto de 2007

Usando la cabeza

Esta anécdota ya la conté en un blog amigo, “El Mundo de Angie”, pero se me antoja muy ilustrativa para el lector que quiera saber de qué manera, súbitamente y sin premeditarlo, puede uno encontrarse interpretando la mayor de las situaciones ridículas:

No me gusta esperar, ni que me esperen. Considero la puntualidad una virtud e intento por tanto ser lo más virtuoso posible, al menos en este tema. Así pues, iba yo a toda prisa al encuentro de unos amigos con quienes había quedado, apretando el paso, transitando por uno de esos paseos con centro embaldosado que tan bonito queda en la postales, pero que tan traidor resulta cuando ha llovido o lo han regado.

El bulevar estaba muy transitado, por lo cual tenía que sortear continuamente a la gente que paseaba en uno u otro sentido. Reconozco que, por aquel entonces, yo era algo más estrecho de cintura, lo cual facilitaba enormemente la maniobra.

La cuestión es que no recuerdo si había llovido o habían regado el paseo, pero en ciertas zonas del desigual firme se acumulaban charcos de agua. En uno de los regates a un transeúnte (un señor más bien mayor y más bajito que yo), mi pie izquierdo fue a parar a uno de esos charcos y resbalé de forma que me escoraba hacia la izquierda en inequívoca trayectoria hacia el suelo. Pero no llegué a morder el piso. Me frenó un imponente cabezazo que, en mi caída, le propiné al señor bajito, que en ese momento debió pensar en el fin del mundo o algo peor.

El buen señor no salía de su asombro y la muchedumbre que pasaba por allí tampoco ante la insólita imagen de un tipo dándole, sin más, un soberbio testarazo a un pobre jubilado. Yo no encontré ningún agujero en la tierra para que se me tragase en ese momento. Pedí al señor mil disculpas (de las cuales no estoy seguro de que acusara recibo pues aún tenía cara de desorientado) y me fui de allí todavía más deprisa, pero eso sí, mirando al suelo por precaución y por no tener que mirar a la cara de los sorprendidos paseantes.


Con Dios

viernes, 10 de agosto de 2007

¡Pum, pum ... bang, bang!

Hace ya algunos años que en España no existe el Servicio Militar obligatorio, lo que antaño se daba en llamar “La Mili”. Pero como uno ya cuenta unos añitos, a mi me tocó hacerla. No sé por qué últimamente me estoy acordando de esos trece meses de mi vida, y me vienen a la memoria algunas anécdotas. Se han hecho muchas películas sobre la vida en el ejército, algunas de ellas en tono de comedia, pero les aseguro que en el ejército español de aquellos tiempos la realidad es mucho más descabellada. Juzgue el lector.

Al poco de estar en el destino definitivo que me tocó en suerte, me ascendieron a cabo. El cuartel era muy pequeño y una de las misiones del cabo era el “control de accesos al cuartel” en la puerta principal. Aquel día estaba yo de guardia en mi “turno de puerta”, cuando sonó el claxon de un coche en el exterior (la puerta era de chapa opaca y no se veía el exterior). Yo, diligentemente abrí el portón corredero y me acerqué al coche negro, oficial, que estaba esperando. Llegado a su altura, se bajó la ventanilla y se dirigió a mi desde el interior, un señor de unos sesenta y pico años, uniformado, con más medallas de las que le cabían en la guerrera y con las insignias de general de brigada.

Como marcan los cánones, me cuadré, saludé y pregunté qué se le ofrecía. Pregunta estúpida por de más si se piensa qué posibilidades hay de que el coche oficial de un alto mando pare delante de un cuartel, toque el claxon y quiera otra cosa que no sea entrar.

El general, me confirmó lo obvio y yo, le franqueé la entrada.

Minutos después, se disponía a salir un coche de los nuestros del cuartel al mando de un sargento, que tras detener el vehículo delante de mi puesto, bajó y se dirigió a mi en los siguientes amables términos: “Cabo, la próxima vez que dejes entrar a un coche sin registrarlo, te pego un tiro” a lo que yo, con todo respeto contesté: “Mi sargento, era un coche oficial y en su interior iba un general de brigada, no creo que le gustase que le hiciese salir del coche para registrarlo”. “Aquí se registra cualquier coche que entre, sea de quien sea. Me han dicho que hay un comando de ETA por la zona” contesto él con su innata amabilidad.

Pensará el lector que el suboficial tenía razón en su exposición, hasta que conozca el detalle que viene a continuación. Para hacer la guardia de armas, nos colocábamos una especie de arnés llamado “trinchas” de donde colgaban cuatro cargadores para el fusil de asalto (el ínclito CETME). A los soldados que hacían las patrullas, además de eso y, como es lógico, les daban el susodicho fusil, pero a los cabos no, de modo que yo tenía 52 balas del 7,62 distribuidas en cuatro cargadores, pero no tenía con qué dispararlas.

Esto es lo que yo tenía

Así pues, si en efecto el general que vino llega a ser Francisco Múgica Garmendia, alias “Artapalo o Pakito” camuflado y yo le digo que salga del coche para registrarlo y él según su costumbre me coloca un 9 mm Parabellum en la nariz … ¿qué se supone que debo hacer? ¿tirarle las balas a mano y gritar “pum, pum”?

Esto es lo que tenía que tener

Esta es una de las anécdotas que a mi juicio definen con más fidelidad la idiosincrasia de las Fuerzas Armadas Españolas en aquellos tiempos. Otro día, si me animo y me acuerdo, les contaré otra.

Con Dios.

martes, 7 de agosto de 2007

Naturaleza Viva (Episodio 2)

¿Para qué la Madre Naturaleza ha inventado la evolución de las especies si después no la aplica? Y, si la aplica, tarda mucho.

Hace ya muchos miles de años que el hombre y el perro conviven, luego ¿por qué mantener la ferocidad en los canes? y, sobre todo ¿por qué mantener sus colmillos? Si la Madre Naturaleza, se diese un poquitín de prisa en poner ciertos asuntos evolutivos al día, no tendría que contarles lo que sigue a continuación:

Debía yo tener unos nueve o diez años, vivía en Suiza, en un pueblo del cantón Zürich llamado Oberglatt. Mis padres (mi madre y mi padre) trabajaban los dos en una fábrica cercana, que tenía comedor para los empleados, de modo que yo, todos los días después del colegio iba allí a comer con ellos.

Para llegar, se podía ir por una carretera bien asfaltada, pero eso suponía un rodeo bastante importante para un ser humano que, como yo, ya había asimilado la Ley del Mínimo Esfuerzo. Así pues, optaba por el plan B: atravesar un bosque bastante tupido, pero no muy extenso. Tenía su gracia. Era como Caperucita, pero al revés: el que iba a comer era yo. En mitad del bosque había una gran explanada en el centro de la cual, se alzaba un gallinero industrial enorme circundado por una cerca metálica. El terreno cercado estaba guardado por sendos pastores alemanes, que no son germanos dedicados al pastoreo, sino perros de buen tamaño.

Cada vez que yo pasaba por delante del cercado, los perros salían hasta la misma cerca ladrando, gruñendo, enseñando unas fauces de aspecto asesino e incluso mordiendo los alambres de la valla que, afortunadamente, no les gustaban demasiado y no cedieron a sus acometidas. Yo me asusté las primeras veces, pero ya después viéndome a salvo tras la valla, no les hacía demasiado caso, aunque nunca dejé de pensar que si algún día los perros estaban sueltos

Ya se imaginará el lector, que ese día llegó, si no todo este rollo al que le he sometido hasta ahora, no tendría sentido. Pues sí, pasaba yo, como siempre, por allí y los perros estaban sueltos. Fieles a su costumbre, vinieron galopando hacia mi que me quedé absolutamente quieto. En este punto del relato, yo podría decir que fue por un destello de inteligencia tipo “si no te mueves, no te harán nada” o “demuéstrales que tú mandas y no les tienes miedo”, pero sería desvirtuar el relato. La realidad es que yo estaba paralizado de terror. No podía mover un músculo. No podría ni decirse que estaba “cagado de miedo” (con perdón), porque todas las funciones de mi cuerpo estaban absolutamente inertes.

El primer perro, el más grande los dos, se me vino encima y me puso las patas delanteras sobre los hombros, mientras el segundo y más pequeño se quedó a unos pasos supongo que para terminar lo que el otro empezase una vez saciado.

La foto de la escena era: un niño tirando a escuchimizado, de pie frente a un perro de unos cuarenta kilos en canal que se apoyaba con las patas delanteras en sus hombros y otro perro algo más discreto esperando acontecimientos.

Mientras el perro y yo nos mirábamos, yo pensé que él valoraba la idea de por dónde empezar, pero no. Al cabo de unos (eternos) diez segundos, el perro bajó sus patas al suelo y se fue, creo que ante el asombro de su compañero que no debió entender nada y le pediría las oportunas explicaciones, una vez de vuelta a la caseta.

Pues sí, querido lector, crea que la escena relatada es rigurosamente cierta y es por eso que digo yo: ¿cómo es que el perro tras hacerme pasar ese rato ni siquiera me mordió un cachito? Evidentemente, me alegro de tal hecho, pero la Madre Naturaleza debe decidirse de una vez: o los perros son depredadores y, por tanto, se les teme como tales, o son los mejores amigos del hombre y, por tanto, no le hacen pasar estos tragos u otros peores de los que hemos oído hablar en la prensa.

Con Dios.

Radio La Ortiga