Hace ya algunos años que en España no existe el Servicio Militar obligatorio, lo que antaño se daba en llamar “
Al poco de estar en el destino definitivo que me tocó en suerte, me ascendieron a cabo. El cuartel era muy pequeño y una de las misiones del cabo era el “control de accesos al cuartel” en la puerta principal. Aquel día estaba yo de guardia en mi “turno de puerta”, cuando sonó el claxon de un coche en el exterior (la puerta era de chapa opaca y no se veía el exterior). Yo, diligentemente abrí el portón corredero y me acerqué al coche negro, oficial, que estaba esperando. Llegado a su altura, se bajó la ventanilla y se dirigió a mi desde el interior, un señor de unos sesenta y pico años, uniformado, con más medallas de las que le cabían en la guerrera y con las insignias de general de brigada.
Como marcan los cánones, me cuadré, saludé y pregunté qué se le ofrecía. Pregunta estúpida por de más si se piensa qué posibilidades hay de que el coche oficial de un alto mando pare delante de un cuartel, toque el claxon y quiera otra cosa que no sea entrar.
El general, me confirmó lo obvio y yo, le franqueé la entrada.
Minutos después, se disponía a salir un coche de los nuestros del cuartel al mando de un sargento, que tras detener el vehículo delante de mi puesto, bajó y se dirigió a mi en los siguientes amables términos: “Cabo, la próxima vez que dejes entrar a un coche sin registrarlo, te pego un tiro” a lo que yo, con todo respeto contesté: “Mi sargento, era un coche oficial y en su interior iba un general de brigada, no creo que le gustase que le hiciese salir del coche para registrarlo”. “Aquí se registra cualquier coche que entre, sea de quien sea. Me han dicho que hay un comando de ETA por la zona” contesto él con su innata amabilidad.
Pensará el lector que el suboficial tenía razón en su exposición, hasta que conozca el detalle que viene a continuación. Para hacer la guardia de armas, nos colocábamos una especie de arnés llamado “trinchas” de donde colgaban cuatro cargadores para el fusil de asalto (el ínclito CETME). A los soldados que hacían las patrullas, además de eso y, como es lógico, les daban el susodicho fusil, pero a los cabos no, de modo que yo tenía 52 balas del 7,62 distribuidas en cuatro cargadores, pero no tenía con qué dispararlas.
Esto es lo que yo tenía
Así pues, si en efecto el general que vino llega a ser Francisco Múgica Garmendia, alias “Artapalo o Pakito” camuflado y yo le digo que salga del coche para registrarlo y él según su costumbre me coloca un
Esto es lo que tenía que tener
Esta es una de las anécdotas que a mi juicio definen con más fidelidad la idiosincrasia de las Fuerzas Armadas Españolas en aquellos tiempos. Otro día, si me animo y me acuerdo, les contaré otra.
Con Dios.


