Hay un spot publicitario que nos indica que “la naturaleza es sabia, pero no tanto”, casi nunca presto atención a este tipo de reclamos, pero la otra noche me acordé de éste y eso ha dado a luz el primer episodio de una serie en la que les contaré errores de la Madre Naturaleza.
Estaba yo tranquilamente de charla con Morfeo, cuando, de pronto, sentí un picor extraordinario en el brazo, que hizo que Morfeo se fuese a hacer puñetas y yo me despertase de mi apacible sueño. Encendí la lamparita de la mesilla de noche (en Nunca Jamás ya tenemos suministro eléctrico) y comprobé que había sido salvajemente atacado por un mosquito y tenía un grano del tamaño de un garbanzo. Digo yo: si el mosquito necesita su microgramo de mi sangre y sin pedir permiso, la toma ¿por qué encima me tiene que dejar el recuerdo de su visita?
Si
Ahí me tienen a mi escudriñando minuciosamente cada rincón de mi dormitorio y ¡que si quieres! El caso es que es prácticamente invisible, pero no inaudible, es decir, SABES QUE ESTÁ AHÍ porque lo oyes y sabes que volverá a hacerlo. En uno de mis barridos visuales lo localicé, sabiamente camuflado como formando parte de una de las aristas de mi cama (luego digan lo de “cerebro de mosquito”, digan). Con un movimiento raudo y certero, que me sorprendió gratamente habida cuenta de mi "forma física" me abalancé sobre él y … ññññññiiiiiiiiiiiiii … ¡Seguía vivo el condenado insecto!
Fracasadas las armas convecionales, pasé a la guerra química, colocando un aparatito de esos eléctricos matabichos, que tardan en actuar un buen rato. El caso es que entre unas cosas y otras, estuve despierto lo menos una hora hasta que olor del aparatito en cuestión, me indicó que si a mi me estaba mareando, el mosquito debía estar recibiendo los sacramentos e intenté reiniciar mi conversación con Morfeo, donde la había dejado. Apenas lo hube conseguido, actuó el peor enemigo del ser humano: el despertador.
Moraleja: si
Con Dios.
